Con más de 5 meses de estar parado por 5 o 74 minutos en el paradero Pedagógico esperando el mismo transporte (cuando mi hermano me enseñó me dijo que si quiero irme a mi casa debía tomar la de marrón-beige-marrón, que no me confunda con la naranja-beige-marrón que me llevaba al otro poto de Lima), ya me había independizado de la movilidad escolar. Claro, 74 minutos son más que suficientes para que los jugos gástricos lloren (¡y cuán insoportable es su llanto!), y no puedas callarlos porque el sol que tienes en tu bolsillo lo ahorras junto con cincuenta céntimos más por si el cobrador se pasa de pendejo. Una manera de evitar esto es no perder el tiempo esperando a la marrón-beige-marrón, que casi nunca pasa por la Panamericana Sur, y buscar formas más express de movilizarte. Poniendo en práctica algunas deducciones detectivescas (ésta va a tal sitio, llega hasta tal otro, de ahí me tomo ésta y llego sano y salvo, habilidad que desarrollé yendo a muuuchos talleres de teatro), ya tenía un buen concepto de cómo trasladarme por Lima.
Donde estaba parado, el cielo estaba gris y se descomponía en minúsculas gotas de garúa limeña, típicas en setiembre. La neblina difuminó la Panamericana Sur, pero eso no impidió a los individuos del paradero rojo levantar sus brazos o índices derechos al reconocer las franjas marrón-beige-marrón que pertenecían a la “S”. La puerta del coche se dobló al abrirse y reveló un señor alto, flaco y con bigote mal afeitado, con chaqueta marrón y pantalón beige (me di cuenta tres meses más adelante que así era como se reconocía la empresa) quien publicitaba los próximos destinos a una velocidad fenomenal, sin repetir ni obviar ninguno de ellos. El paradero quedó vacío. Lleva, lleva.
Recordando que éste sería mi medio de transporte por casi lo que restaba de mi vida, sabía que tenía que acostumbrarme al clima que éste nuevo ambiente ofrecía. Un clima generalmente cálido, cuya intensidad se determina por la cantidad de pasajeros que vayan parados; y a veces húmedo, si algún individuo sudoroso se ubica cerca de ti, lo cual curiosamente ocurre justo después de que te has ubicado en un lugar ‘sano’, por así decirlo. Esto, sumado a vientos sonoros que soplan al ritmo de Onda Cero, Zeta Rock&Pop o algún disco bamba de valsecitos criollos. Sólo los más osados luchan la gran potencia de estos vientos con reproductores de música portátiles de potencia mayor. La vista era decorada por stickers fosforescentes que, en la mayoría, contenían el nombre “Dios” como si fuera una marca registrada, y un papel tapiz (parecido a los de consultorio de pediatra) desgarrado, arañado y garabateado.
Ciertas veces percibía un aire de competitividad entre los pasajeros. Ese deseo impulsivo de empujarse entre la multitud y escabullirse lo más rápido posible hasta ese asiento que lo desocupó el treintañero que se bajó en Angamos con La Encalada (el comando para bajar en este punto es “kiosco baja”, lo curioso es que no hay kiosco). En la mayoría de casos, un pasajero se ubica estratégicamente al costado de un asiento y, como tigre a venado, lo acorrala y acecha hasta que el ocupante (Polo baja) lo deje libre e indefenso y pueda ser rápidamente atacado por el depredador. Agradezco haber aprendido esta ley de la naturaleza rápidamente. Pero esta competitividad no siempre funciona. Hay ciertas personas que tienen la habilidad de manipular la mente de un pasajero sentado y de persuadirlo a cederle su sitio. Estas personas, según la ley 2-6-2-7-algo, son conocidas como ancianos, discapacitados, madres gestantes o madres con hijos.
Normalmente en una de las cumbres del silencio dentro del vehículo, una voz áspera y grave acompañado por un chin-chin de monedas rompe la calma exclamando “pashaje, pashaje”. Rápidamente unos 35 chin-chines más se unen al coro. Chin-chin pashaje, chin, óvalo, rrip, chin-chin, pashaje, chin, Molina, rrip, chin-chin, pashaje, chin, Molina, rrip, y sucesivamente. Cuando sea mi turno, pensaba en plena canción de onomatopeyas, debería tener una palabra que me haga bajar donde debo sin irrumpir la musicalidad. El cobrador estaba a dos sitios del mío y no tenía alternativas. La canción siguió así: chin-chin, pashaje, chin, Jockey, rrip, chin-chin, pashaje, ahí en Raúl Ferrero con El Corregidor porfa, pausa de 4 tiempos, miradas, rrip. Qué patético.
La gente venía y se iba, entraba y salía. Algunos entraban y no salían, otros ya estaban dentro y tampoco salían. Pero siempre callados, sin emitir una palabra. Cada vez que escuchaba una voz diferente y mucho más potente y robótica que la del “pashaje”, era la voz de “Muy buenas tardes, señores pasajeros”. No conformes sólo con explicar, por tres o cuatro minutos, su proveniencia y su situación económica, venían con, y cito, "un producto golosinario" para vender a los pasajeros indiferentes y desinteresados. Luego bajaban y desaparecían. Molina baja.
Este paradero es eterno. Tres luces verdes sin avanzar, esperando a que se rellene el coche que vomitó a más del 90% de sus pasajeros, sólo en Molina. Rellénese o no rellénese de pasajeros, a la vuelta hay otro paradero en donde puede parar y alimentarse. De ahí, la avenida La Molina se convierte en la Universitaria y ésta se renombra a El Corregidor. Miro a la ventana, y la reja verde rodeada de arbustos me indica que estoy a unos cien metros de mi bajada.
Paramos en luz roja y con tráfico. Cuando cambie a verde, podré bajarme, pensé. Esperé a que el cobrador exclame “Ferrero baja” y a que espere respuestas (tonto de mí). El recorrido desde la reja verde hasta mi bajada parecía más largo de lo que pensaba. Juraba que era normal hasta que tres o cuatro señoras reclamaron que bajaban en Ferrero, señor, baja, baja. El coche paró y las tías exclamaban que era una barbaridad mientras bajaban y yo las seguía. Finalmente comprendí la barbaridad cuando noté que Ferrero, en vez de estar delante de mí, estaba a dos cuadras atrás. Lleva, lleva, y la combi había desaparecido.
En los cuatrocientos y tantos metros de recorrido hasta mi casa (iban a ser doscientos, de no ser por las cuadras extras) debatí y consideré si la combi era el mejor medio para poder movilizarme por mi cuenta. Que era el más eficiente, era el más eficiente. Que era el más bonito, no era el más bonito. Tal vez pueda negociar movilidades con mis padres.
Mis padres se han rehusado a llevarme a mis clases en Miraflores éstas vacaciones. Vaya, lo que me espera.
________________________________________________________________
Esta entrada fue originalmente una tarea de mi clase de Comunicación del año pasado, y a mis profesores les gustó y lo publiqué en mi olvidado blog "Genialidades de ayer y hoy" (que tenía solo una entrada, y era esta crónica). Extraño esa habilidad para desarrollar un tema con inicio, nudo y final.
Buenas [[vibras]].
